Juan Pablo Rudolffi y "Conversadores Platónicos": Extractos

El autor, nacido en la ciudad de Calama, presentará este 30 de octubre su publicación literaria llamada "Conversadores Platónicos". El estreno será a las cinco de la tarde en la Sala de la Memoria de la Biblioteca Regional de Antofagasta.

Imagen de Daniella Jeria Vulinovic
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22 de Octubre, 2014 17:10

Ad portas del estreno de "Conversadores Platónicos", Juan Pablo Rudolffi nos presentará extractos de la obra que trae al presente escritos del pasado de este autor local que, luego de arduo trabajo, logra materializarse para llegar al público de la región

Extracto del Capítulo 8

Una vieja casa de puerto, con las maderas hinchadas por la humedad y la pintura corroída con la fascinación obsoleta de las viejas aventuras, las aventuras profanas de lo sexualmente correspondido, las aventuras hipnóticas de los colores naturales y el viento, la aventura insomne de las caídas, enredadas en el exceso de la descompresión de la “realidad”, dos viejos árboles a la derecha y un banquito de madera que esconde un risueño pasado, el silencio más espeso que presencié alguna vez y el desorden volviendo  fósiles viejos recuerdos.

Vivía con una mujer extraña, probablemente tenía el alma de alguna lejana momia de tierras tristes, parecíamos ser felices, llegan todos mis primos chicos y mis hermanos menores, corrimos afuera, caminamos por viejas calles grises con la compañía de mis padres, mis tíos y mi abuela, corríamos a rato, llegamos a una planada donde empezamos a jugar. Con mi padre nos perseguíamos y cuando nos pillábamos nos dábamos pequeños puntapiés en el culo, los más pequeños se reían y jugaban entre las piedras y las plantas, mi abuela reía junto a mi madre y mis tías; un viejo auto negro nos espiaba lentamente dando vueltas alrededor de la planada, tenía los vidrios polarizados negro y un extenso fondo azul reflejaba el día cada cierto tiempo cuando las nubes lo permitían; mi hermana corrió a mí y me mordió débilmente el brazo. Yo la tomaba y la tiraba hacia el cielo y la agarraba, veía su sonrisa y su pelo disperso y sus frágiles manos apretando a rato mis dedos, cuando la bajé pude ver el automóvil que continuaba rondando, cuando dio de frente a mí pude ver que llevaba la ventana medio abierta, era un tipo viejo, muy viejo, con la cara completamente arrugada, llevaba lentes negros, tenía una sonrisa misteriosa.

Yo sentía el viento en mis manos y pude dejar de escuchar todo tipo de ruido, me inundó un silencio único; de uno de los departamentos que daban a mi derecha sale un tipo, un tipo algo joven, corría y gritaba algo que no pude escuchar por la sordera que me inundaba, corrió muy rápido, pero nada impidió que la fortaleza misteriosa de la circunstancia no le cayera de choque, el viejo hombre del auto negro saca una pistola y le da un balazo en la cabeza, el hombre que anteriormente corría fue alcanzado por aquella bala y pude ver una lluvia de roja esencia pintando unos tristes árboles que se abrazaban y se contaban cariños, miré rápidamente a mi lado y noté que a nadie le importó, nadie parecía conmoverse, es más, parecían no haber visto nada; los niños continuaban sacando flores y armando dibujos con ellas, mi padre me miró y volvió a correr hacia mí para continuar el juego, las viejas aún reían y conversaban, continué corriendo y vi dedos aplastados en el barro de la planada, ojos reventados por mis propios zapatos y los de mi padre, fue una extraña situación.

 Cuando llegamos a uno de los extremos pude ver el auto negro desaparecer tres cuadras al norte, me detuve antes de caer a un desnivel y mi padre me alcanzó con una patada en el culo, mi hermana corrió tras nosotros pero se demoraba más por lo diminuto de sus pies, de un departamento del frente cae desde el segundo piso otro cadáver, esta vez era un cuerpo desnudo, aceitado, de seguro llevaba un par de semanas muerto, tenía notorias marcas de contusiones, podría haber recibido algún tipo de tortura; mi hermana al verlo corrió rápidamente hasta casi alcanzarlo, yo corrí tras ella y le tapé los ojos, y pude ver a aquel cadáver. Sentí frió en mi pecho y olí el aroma ácido de la muerte, decidí proponerle a mi padre que nos fuéramos de aquel lugar, aceptó; los más grandes tomamos en brazos a los niños y caminamos calle abajo por pequeñas veredas grises y calles vacías silenciadas por un misterio, en el camino nadie habló excepto la pequeña Andrea que pidió con una voz angelical que fuéramos a la playa.

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