[Lectura voraz] 14 de julio, de Éric Vuillard

Hace un par de semanas Francia celebró su fiesta nacional, que recuerda la toma de la Bastilla, tema de esta novela.

Imagen de Daniel Carrillo Monsálvez
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29 de Julio, 2019 21:07

Un recorte salarial, la rebaja de 20 a 15 sueldos anunciada por el dueño de una fábrica de papel –medida seguida luego por otro industrial- fue la chispa que encendió todo. El pueblo, hasta entonces ajeno al devenir diario de la economía y la política, principalmente por estar consagrado a la supervivencia en un ambiente de miseria y desamparo, hace su entrada triunfal en la Historia, esa con mayúsculas.

Aquella masa efervescente y descalza es la protagonista de “14 de julio” (Tusquets, 2019), del escritor francés Éric Vuillard, quien narra la toma de la Bastilla, el inicio de la Revolución Francesa, poniendo al frente a aquellos que la casi mayoría de los libros han instalado como meros espectadores, figurantes en los márgenes o parte del decorado.

En estas 185 páginas, el pueblo, la calle, los pobres, reunidos como una fuerza indeclinable, rompen el anonimato y son nombrados, muchas veces junto a su oficio, como una forma de devolverles la existencia y la memoria. Porque ninguno de estos personajes es inventado, sino que son fruto de una rigurosa revisión de archivos que permiten situarse con celo histórico justo en medio de uno de los momentos más trascendentales de Occidente.

Sin embargo, el valor de los hechos llega a ser eclipsado con la potencia del relato, cautivador y vertiginoso, que atrapa y conmueve por partes iguales. A la vez, igualmente indigna, ya que si bien el corazón de la novela se centra en el histórico día, Vuillard lanza brochazos de contexto sobre la realidad de Francia en esa época. Una mayoría muere de hambre, mientras que la realeza dilapida  los recursos del país, en finos trajes, en fiestas y banquetes, e incluso en apuestas. El desfile de ministros de finanzas es vertiginoso y la deuda se eleva por las nubes.

“Existen cuatro relojeros de la cámara del rey, y uno de ellos tiene, como única misión, dar cuerda al reloj de muñeca del monarca por las mañanas. Parece una broma, una chanza rabelesiana, una fantasía absurda, una habladuría. Pero hay cosas más divertidas, cosas peores. Está el capitán de los mulos de Versalles, cuando allí no hay mulos. Están los avisadores, cuya única tarea consiste en saber a qué hora desea oír misa el rey”. Estas líneas muestran en parte la gran dosis de irrealidad que se vive en los palacios, una ensoñación que terminará de forma cruenta, a causa de la indignación y la injusticia y de una ideología que por primera vez está tan a la mano, temporal y geográficamente, del pueblo: la de Rousseau y la Ilustración.

Página tras página, Vuillard logra mantener el ritmo de una marcha frenética, la convulsión en las calles de un París que cambiará el mundo para siempre, bajo el coro de una masa vociferante que buscaba hacer reales una sencillas tres palabras: libertad, igualdad, fraternidad.

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