Chile, país de pocos

¿Es normal que cuando ponemos estos temas sobre la mesa los que precisamente tienen las armas para cambiarlo todo (nótese, no piedras), salten a la editorial de El Mercurio a defender esa barata “razón de Estado”?

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03 de Enero, 2012 15:01
Foto: Archivo.

En un ascensor cabe el manejo económico chileno. Incluso uno de hospital queda grande. Si condensamos a las grandes fortunas en las personas que las dirigen, de seguro, caben todas en ese minúsculo espacio. Algo así es la concentración de este tipo actualmente: como antaño, como cuando existía el estanco. La diferencia es que hoy es más sutil y todos lo consideramos “normal”.

¿Es normal que un país que camina hacia las veinte millones de personas esté manejado por un grupúsculo al que jamás le hemos visto las caras? ¿Es normal que los derechos esenciales (el agua, el aire, la tierra, la educación, la salud, la previsión) sean manejados por los que se avivaron antes que nosotros y nuestro representante colectivo (el Estado) se limite a ponerle algunos atajos y a mirar cómo juega?

¿Es normal que un país que se compara con los verdaderos leones del mundo (y se sienta a la misma mesa a discutir sobre el futuro del Edén) tenga, del otro lado del muro, campamentos en donde la gente se congela? ¿Es normal que se mire en menos únicamente por el lado de donde de proviene?

¿Es normal que se legitime por tres décadas el robo a manos llenas más grande de la Dictadura militar, el sistema previsional, cuando los que manejan el sistema ganan dineros que en nuestra vida imaginaríamos y la mínima parte llega a los cotizantes?

¿Es normal que un derecho esencial como lo es la educación, ese que nivela, esa que impide que haya distinción de clases, esté desregulado en los cimientos de la última ley de Pinochet y que, cuando se quiere cambiar, los que hoy se hacen los lesos (pero que ayer gritaron “ganamos”) no quieran oír la voz de la calle?

¿Es normal que cuando ponemos estos temas sobre la mesa los que precisamente tienen las armas para cambiarlo todo (nótese, no piedras), salten a la editorial de El Mercurio a defender esa barata “razón de Estado”?

¿Es normal que Don Santiago, que se lo lleva siempre todo, deje postergadas a las regiones que sustentan, mal que mal, al país? ¿Es normal que nosotros nos quedemos con las migajas de una “ley espejo” en el queel peso que nos llega se reparta en catorce partes?

No. Tajantemente, no.

Aunque a muchos no les guste la palabra clase (personalmente no me gusta abusar de ella), el que propuso la nomenclatura tenía algo de razón. Tenemos posibilidad de ascender, pero son limitadas por un ordenamiento social que considera todas estas preguntas (y muchas otras más que no considero porque sería para tres libros) como realidades normales.

Chile, señoras y señores, es un país raro. La excusa perfecta será decir que los países que garantizan estos derechos despilfarran. Pero, ¿El Estado es el garante de la nivelación social o una empresa más que compite por la máxima eficiencia? No se trata de derrochar los caudales del Estado, pero sí de aclarar conceptos.

Chile, amigos, es un país de pocos. Aunque nos duela, aunque nos cueste reconocerlo, nuestros destinos caben en un ascensor. Diferimos en las formas de cambiar las cosas: algunos optan por la vía más radical, otros por el convencimiento y otros más por el consenso. Sin embargo, todos confluimos en una gran realidad: las cosas están mal. Si somos capaces de darnos cuenta y convencer a los otros que entre la alegría y el cambio caminamos hacia la revisión del pacto social de seguro en más de un punto convergeremos.

Sólo así en el ascensor más rico de Chile podremos caber todos. Más de algo se puede hacer. Los Presidentes tienen entre cuatro y seis años para poner su aporte para limitar el poder de estos pocos y desconcentrarlo para depositarlo en manos de los que todos los días hacemos Chile.

La historia los juzgará en este país de pocos.

Diego Vrsalovic Huenumilla

Estudiante Pedagogía en Historia, Geografía y Educación Cívica

Universidad de La Frontera

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