Editorial Mi Voz: ¿Estamos paralizados o estamos polarizados?

Editorial Mi Voz: ¿Estamos paralizados o estamos polarizados?

14 Diciembre 2020

La manipulación mediática y de la Social Media, agudiza y reafirma nuestras posturas y opiniones, desarrollando burbujas interpretativas que están destruyendo nuestras democracias. 

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Chile parece paralizado y está a la mano culpar al Presidente Sebastián Piñera y su gobierno de no conducir al país, pero la inmovilidad es relativa, pues estamos en plena acción a pesar de la pandemia. En el mundo se vive la cuarta revolución industrial, las tecnologías avanzan a pasos agigantados y en Chile estamos encarnando el deseo del cambio de Constitución que se venía gestando e intentando hace años. Sin embargo, la lectura de la parálisis y la no conducción no es del todo absurda, y es que estamos polarizados.

La polarización se traduce en una pérdida de lo común, que es lo que se pierde en las poblaciones divididas. Se traduce, a su vez, en la incapacidad de diálogo, la falta de debate y el debilitamiento de los vínculos. No es un fenómeno que está ocurriendo exclusivamente en Chile, es global y es orquestado por una maquinaria millonaria, la de la información y las redes sociales. Vemos todo el tiempo un porcentaje de los hechos del mundo y no coinciden en nada con el porcentaje que ven los y las otras. Entonces, cuando nos encontramos con el otro, este es un extremista. Esta manipulación mediática que intensifica y reafirma nuestras posturas y opiniones se define como burbuja interpretativa, y está destruyendo la democracia.

Los famosos algoritmos y los diálogos cortados

Antes en Chile todas y todos leíamos la misma prensa y eso permitía tender puentes, y cuando nos encontrábamos en la diversidad de la vida, nuestras conversaciones eran mucho más diversas. Opinábamos distinto, pero podíamos hablar, hoy las posturas son extremas y no podemos permanecer siquiera en un chat familiar. Las y los otros que piensan distinto a mí son una tropa de imbéciles, y esto se debe en gran medida a los algoritmos que, polarización mediante, nos está haciendo menos amables.

En nuestro país el pueblo no está pendiente de la conducción del gobierno, sino de la revuelta y la ventana de oportunidades que esta abrió para cambiar el país. Las dinámicas, preocupaciones y estándares de la sociedad civil hoy, si bien son muy políticos, tienen que ver con la posibilidad de cambiarlo todo y nada importa lo que esté ocurriendo en cualquiera de los planos institucionales. Esto no es una defensa al desempeño del gobierno, ni tampoco al de la oposición, es más bien una lectura alternativa a la de los problemas de conducción en que decimos: el problema es que los diálogos están cortados.

Así como el gobierno es inhábil, la oposición no cumple su función. Tampoco conduce ni instala los debates necesarios para la agenda, no levanta alternativas visibles frente a lo que se opone y pareciera solo fragmentarse. Nos encontramos en un limbo de fuerzas políticas que ven en estos momentos una oportunidad de sacar ventajas contra los presuntos rivales; aún cuando, lo que la sociedad exclama son legítimas diferencias que deben encontrarse en imprescindibles acuerdos civilizatorios para enfrentar nuestras crisis. Ni de un lado ni del otro están surgiendo ideas concretas para conducir el país de otra manera que nos permita superar este momento desprovisto de acuerdos mínimos de convivencia y de diálogo, pues cada una y cada uno se ha atrincherado en sus posturas.

(-) calculadora y (+) acuerdos para un proyecto país fraterno que ponga al centro el Bien Común

No es extraño, entonces, que la ciudadanía esté desinteresada en la política institucional, especialmente la partidaria. Más allá del reciente Plebiscito, no les ve la importancia a las elecciones ni a ejercer el voto porque no les cree a las y los políticos, ni que todo esto va hacia alguna parte. Además del ya antiguo y constante proceso de desafección, desconfianza y falta de identificación con la política institucional por la corrupción y las operaciones detrás de 4 paredes, hemos llegado a un punto en que hay múltiples agendas desde diversos sectores, todas son urgentes y no se están cumpliendo, lo que mantiene una atmósfera de descontentos.

Contrario a todo lo anterior, es pensar que si preguntamos a cualquiera qué es lo que necesitamos como país, cotidiano en torno al proceso constituyente, recibiremos respuestas muy similares: No podemos tener tanta pobreza, tenemos que reactivar la economía, tenemos que sacar un buen producto del proceso constituyente, entre otras. Pero no tenemos consensos. Es evidente que en el cómo hacerlo siempre vamos a tener diferencias, pero hoy nuestras divisiones parecieran indicar que no tenemos acuerdo ni en los objetivos ni en nada.

La inmovilidad que percibimos como un pantano es la polarización que nos distancia. Están rotos nuestros pactos más básicos, incluyendo los de hacer política, y sin embargo estamos en movimiento, en pleno proceso constituyente e intenso calendario electoral. Necesitamos acuerdos respecto de qué es lo que queremos conservar, qué es lo que no queremos conservar, qué es lo que queremos construir y cómo nos vamos a relacionar, son conversaciones urgentes, porque el futuro viene, algún futuro viene y la pregunta principal es por lo común. Necesitamos tener un proyecto común que supere los intereses individuales, uno que funde las posibilidades de una colaboración extrema y esté más allá de nuestras diferencias. Esa es la conversación urgente que no está ocurriendo.

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Imagen CC s4be.cochrane.org